¿Por qué la Inteligencia Artificial empuja los data centers al agua?
La presión energética de la IA y la necesidad de reducir el consumo de agua están impulsando nuevas arquitecturas de centros de datos: desde módulos submarinos sellados hasta plataformas flotantes refrigeradas con agua de mar o de río
Los centros de datos han dejado de ser una infraestructura invisible. La expansión de la nube, el vídeo, el 5G y, sobre todo, la inteligencia artificial ha multiplicado la demanda de capacidad de cómputo y ha situado el consumo eléctrico, el uso de agua y la disponibilidad de suelo en el centro del debate. En este contexto, varias compañías y organismos exploran una idea que hasta hace poco parecía futurista: instalar servidores bajo el mar o en cápsulas flotantes para aprovechar la refrigeración natural del agua y acercar la computación a zonas costeras densamente pobladas.
La IA dispara la demanda de energía
Durante años, el crecimiento de los centros de datos se explicó como una consecuencia lógica de la digitalización: más servicios en la nube, más comercio electrónico, más vídeo en streaming y más almacenamiento. Sin embargo, la llegada de la IA generativa ha cambiado la escala del problema. Los nuevos modelos requieren grandes volúmenes de cálculo, procesadores de alta densidad y sistemas de refrigeración capaces de evacuar mucho más calor que en una instalación convencional.
Según recoge la Agencia Internacional de la Energía (AIE) en su informe Energy and AI, el consumo eléctrico mundial de los centros de datos podría duplicarse hasta alcanzar alrededor de 945 TWh en 2030, una cifra ligeramente superior al consumo eléctrico actual de Japón. La AIE atribuye este crecimiento al avance de la IA y al aumento de otros servicios digitales.
Ese salto energético ha abierto una pregunta incómoda para el sector: ¿dónde ubicar los centros de datos del futuro? Las grandes instalaciones terrestres necesitan suelo, conexión a redes eléctricas robustas, acceso a agua o tecnologías de refrigeración avanzadas, además de aceptación social. En Europa, esta infraestructura empieza a estar sometida a una mayor exigencia de transparencia. Tal y como recoge la Comisión Europea, la Directiva de Eficiencia Energética introdujo obligaciones públicas de información para centros de datos con una demanda de potencia instalada de TI superior a 500 kW, incluyendo datos sobre consumo energético, agua, calor residual y uso de renovables.
El agua como gran sistema de refrigeración
En ese marco aparecen los centros de datos submarinos y flotantes. La lógica técnica es sencilla: los servidores generan calor y el agua puede actuar como un enorme disipador térmico. Si el sistema se diseña correctamente, el entorno marino o fluvial permite reducir la dependencia de enfriadoras, torres de refrigeración y consumo de agua potable.
Además, en el caso de las instalaciones submarinas, el módulo puede sellarse, operar en una atmósfera controlada y conectarse mediante cables eléctricos y de fibra óptica. La promesa es doble: menos consumo auxiliar para refrigeración y despliegues modulares más rápidos.
La idea resulta especialmente atractiva en un momento en el que la sostenibilidad de los centros de datos está bajo escrutinio. El debate ya no se limita al consumo eléctrico. También incluye el uso de agua, la ocupación de suelo, la disponibilidad de energía renovable, la integración con las redes eléctricas y el impacto ambiental de las nuevas infraestructuras digitales.
Microsoft y el experimento submarino
El antecedente más conocido es Project Natick, el experimento de Microsoft para estudiar la viabilidad de centros de datos submarinos. Según detalla Microsoft Research, el proyecto buscaba analizar si un centro de datos situado bajo el agua podía ser más rápido de desplegar, más eficiente, más sostenible y más fiable que una instalación terrestre convencional.
En su segunda fase, Microsoft instaló un módulo submarino frente a las Islas Orcadas, en Escocia, con 864 servidores y 27,6 petabytes de almacenamiento. La ubicación no era casual: la zona contaba con acceso a energía renovable y ofrecía un entorno adecuado para probar el funcionamiento de la infraestructura en condiciones reales.
Los resultados fueron llamativos. Según informó la propia Microsoft tras recuperar el módulo en 2020, el centro de datos submarino registró una tasa de fallos inferior a la observada en instalaciones terrestres comparables. La compañía apuntó a dos posibles factores: una atmósfera de nitrógeno dentro del contenedor, menos corrosiva que el oxígeno, y la ausencia de intervención humana directa, lo que reduce vibraciones, golpes o manipulaciones accidentales.
La declaración pública más clara llegó por parte de Spencer Fowers, investigador principal del grupo de proyectos especiales de Microsoft. Tras el experimento, afirmó que habían observado una «fiabilidad mucho mejor» en un centro de datos submarino que en uno terrestre. Esa frase resume el principal atractivo de esta arquitectura: no se trata solo de enfriar mejor, sino de crear un entorno estable, cerrado y predecible para los equipos informáticos.
China y la vía comercial
Sin embargo, Microsoft no convirtió Project Natick en una línea comercial masiva. El experimento probó que la tecnología podía funcionar, pero también dejó sobre la mesa límites relevantes: mantenimiento complejo, dificultad para actualizar hardware, costes de despliegue marítimo y dependencia de permisos regulatorios. Es decir, el mar puede ayudar a enfriar, pero no elimina las exigencias económicas, logísticas y ambientales de una infraestructura crítica.
China ha dado un paso más reciente hacia la comercialización. Según recoge la administración de la Lin-gang Special Area de Shanghái, en 2026 se lanzó el primer centro de datos submarino alimentado por energía eólica marina en esta zona especial. El proyecto se presenta como una solución para aliviar restricciones de energía y espacio, al tiempo que refuerza la infraestructura de computación de Shanghái.
De acuerdo con información sectorial publicada por Offshore Wind, el centro de datos submarino de Lin-gang cuenta con una capacidad total prevista de 24 MW, una inversión de 1.600 millones de yuanes y está situado bajo el agua, integrado en el entorno de un parque eólico marino. La instalación utiliza agua de mar para refrigeración natural y recibe electricidad directamente de la infraestructura eólica offshore próxima.
El caso chino introduce un elemento clave: la integración entre centros de datos y generación renovable offshore. No se trata únicamente de poner servidores bajo el agua, sino de conectarlos directamente a una fuente eléctrica cercana y de baja emisión. Esta combinación puede resultar especialmente atractiva para cargas de IA, 5G o procesamiento masivo de datos, siempre que se garantice la estabilidad del suministro, la redundancia y la protección de los cables submarinos.
Cápsulas flotantes: una alternativa menos extrema
En paralelo, las cápsulas flotantes o barcazas tecnológicas ofrecen una solución menos extrema que el fondo marino. Nautilus Data Technologies ha desarrollado centros de datos refrigerados mediante agua procedente de océanos, ríos o lagos, empleando el cuerpo de agua como disipador térmico sin consumir agua potable. Según explica la propia compañía, su tecnología permite utilizar fuentes de agua naturales o industriales y garantiza consumo cero de agua cuando se emplean fuentes naturales.
El caso más citado es su instalación flotante en el puerto de Stockton, en California. Según recoge la empresa Black & Veatch, que participó en la puesta en servicio del proyecto, el centro de datos comercial flotante de Nautilus se diseñó para no consumir agua, no producir aguas residuales y no requerir torres de refrigeración, refrigerantes ni tratamientos químicos propios de sistemas convencionales.
El atractivo económico de estos modelos es evidente. En un centro de datos tradicional, una parte relevante de la energía se destina a refrigeración y sistemas auxiliares. El indicador PUE –Power Usage Effectiveness– mide la relación entre la energía total consumida por la instalación y la energía usada directamente por los equipos de TI. Cuanto más se acerca a 1, más eficiente es el centro. Los diseños submarinos y flotantes prometen reducir ese diferencial aprovechando temperaturas estables y grandes masas de agua.
El reto ambiental y regulatorio
La cuestión ambiental exige cautela. Que una instalación no consuma agua potable no significa que carezca de impacto. El calor extraído de los servidores se transfiere al entorno, por lo que las autoridades deben evaluar posibles efectos térmicos sobre ecosistemas marinos o fluviales, especialmente en zonas sensibles.
También entran en juego la corrosión, el ruido, el anclaje, los materiales, el mantenimiento, los riesgos de fuga, la interacción con pesca y navegación, y el desmantelamiento al final de la vida útil. Por eso la regulación será decisiva.
Según la Comisión Europea, el nuevo marco comunitario avanza hacia una mayor transparencia sobre el rendimiento energético de los centros de datos, incluyendo información relativa al consumo de energía, uso de agua, reutilización de calor residual y empleo de energías renovables. Esta orientación regulatoria será especialmente relevante si las soluciones submarinas o flotantes pasan de proyectos piloto a infraestructuras comerciales de mayor escala.
¿Tiene sentido en España?
En España, donde el despliegue de centros de datos gana peso por la disponibilidad de renovables, la conectividad internacional y la posición geográfica, estas soluciones podrían resultar atractivas en determinados casos: entornos portuarios, zonas costeras industriales, proyectos asociados a energía marina o despliegues modulares con restricciones de suelo y agua.
Sin embargo, no parecen una sustitución general del centro de datos terrestre, sino una vía complementaria para cargas concretas o ubicaciones muy determinadas. Su viabilidad dependerá de los costes, los permisos, la conexión eléctrica, la aceptación ambiental y la posibilidad de mantener o renovar los equipos sin comprometer la operativa.
Gemma JimenoLicenciada en CC de la Información por la Universidad del País Vasco, Gemma Jimeno se incorporó a ECO3 Multimedia, S.A., en 1998 como Redactora y ha participado activamente en el desarrollo de diferentes líneas de negocio. Desde hace años desempeña las funciones de Editora de los contenidos informativos, de los diferentes productos editoriales de E3 Media.




