Fútbol, PIB y poder económico: La cuenta atrás para el Mundial 2026
Antes de que ruede el balón en junio, el Mundial ya habrá movido miles de millones y activado una maquinaria económica global que va mucho más allá de los estadios de fútbol.
Cuando el balón eche a rodar en junio de 2026, la Copa del Mundo será mucho más que el mayor escaparate deportivo del planeta. Será la culminación visible de una operación económica global que lleva más de una década gestándose y que moviliza inversiones públicas, decisiones empresariales, flujos turísticos, cadenas de suministro y estrategias de posicionamiento internacional. El Mundial 2026 -que organizarán conjuntamente Estados Unidos, México y Canadá– no solo hará historia por ser el primero con 48 selecciones y el más largo hasta la fecha (39 días de competición), sino por consolidar definitivamente la transformación del fútbol en una industria económica de escala planetaria.
Las cifras ayudan a dimensionar ese salto. Según el informe Análisis de Impacto Socioeconómico FIFA World Cup 2026, elaborado por la FIFA y la Organización Mundial del Comercio, el torneo generará un impacto económico global estimado de 80.100 millones de dólares en producción bruta y una contribución al PIB mundial de 40.900 millones. A ello, se suman más de 823.000 empleos a escala internacional y una recaudación fiscal directa e indirecta que rondará los 9.400 millones de dólares.
No son únicamente cifras de gasto, sino indicadores de cómo el Mundial se ha convertido en un motor de actividad transversal que afecta a sectores tan diversos como el turismo, la logística, los servicios profesionales, la industria audiovisual o la economía digital.
¿Cuándo empieza realmente un Mundial?
Sin embargo, reducir el análisis al impacto del mes de competición sería quedarse en la superficie. Como subraya José Bonal, profesor del Global Sport Management de la Universidad Europea, «el Mundial empieza mucho antes del primer partido». Desde el momento en que se percibe que una candidatura tiene visos de prosperar, se activa una fase de reasignación de expectativas económicas.
Es entonces cuando se ponen en marcha los grandes proyectos de infraestructuras, se diseñan políticas públicas específicas y se abren ventanas de negocio para empresas de ingeniería, consultoría, financiación o tecnología. «El verdadero punto de inflexión llega cuando se elige oficialmente la sede. A partir de ahí, normalmente seis u ocho años antes del evento, se dispara la inversión pública y privada», explica.
Esta visión es compartida por Ángel Barajas, presidente de la Sociedad Española de Economía del Deporte (SEED), quien describe el Mundial como «una cadena económica de largo recorrido». Primero, se activan los servicios profesionales y la planificación estratégica; después, llega la fase de ejecución, dominada por la construcción, la obra pública y los grandes proveedores; y, finalmente, durante la celebración, el protagonismo pasa a sectores como el turismo, la hostelería, el transporte y el comercio. «El impacto no es un ‘fogonazo’, es una curva que se extiende durante años», resume el experto.
No es solo fútbol
El Mundial de 2026 introduce además elementos estructurales que lo diferencian claramente de las ediciones anteriores.
El primero es la expansión del formato a 48 selecciones, que incrementa de forma automática el número de partidos, delegaciones, desplazamientos y ventanas de consumo. No es solo más fútbol: es más logística, más alojamiento, más transporte aéreo, más producción audiovisual y más espacios para patrocinadores.
El segundo es el modelo trinacional -inédito hasta ahora- que reparte costes y riesgos entre tres países, pero también diluye el impacto territorial. «Probablemente será un efecto económico ancho, pero poco profundo», apunta Barajas.
Y añade: «Puede ser un éxito comercial récord para la FIFA, mientras que su impacto macroeconómico directo en los países anfitriones sea relativamente modesto en comparación con su PIB, aunque vital para sectores muy concretos como la hostelería o el transporte aéreo».
Impacto multisectorial
A diferencia de Sudáfrica 2010 o Brasil 2014, donde el Mundial justificó grandes inversiones en infraestructuras básicas, Norteamérica parte de una base instalada sólida. Eso reduce el riesgo de los conocidos «elefantes blancos» -grandes obras hechas con dinero público y que quedan inconclusas tras una fuerte inversión-, pero desplaza el foco hacia otro tipo de retorno: el de la economía intangible. Marca ciudad, posicionamiento internacional, atracción de inversión futura y consolidación de nuevos modelos de negocio ligados a la experiencia del consumidor se convierten ahora en los verdaderos activos estratégicos del torneo.
El turismo sigue siendo, en cualquier caso, el motor más visible. El informe de impacto estima un gasto turístico directo de 7.500 millones de dólares, basado en una previsión de 6,5 millones de asistentes a los estadios, de los cuales alrededor del 40% serán visitantes internacionales. Ese perfil es clave, porque su capacidad de gasto multiplica el efecto sobre la economía local. «El turista extranjero gasta entre tres y seis veces más que el local», recuerda Bonal, y concentra su consumo en alojamiento, restauración, transporte y entretenimiento.
Oportunidades y riesgos
Además, el Mundial actúa como catalizador de destinos que hasta ahora estaban fuera del radar turístico internacional. Para lugares como Filadelfia, Atlanta o Kansas City, la Copa del Mundo no es solo un evento, sino una oportunidad de reposicionamiento global.
Sin embargo, la experiencia de las últimas décadas invita a la cautela. La literatura económica es clara: los grandes eventos no garantizan por sí solos crecimiento sostenido. El propio informe de la FIFA reconoce que los beneficios sociales, valorados en 8.280 millones de dólares, se concentran en un horizonte de cinco años y tienden a diluirse si no hay políticas públicas que consoliden el legado.
Barajas lo expresa con contundencia: «Hoy los mayores riesgos ya no son solo los activos físicos infrautilizados, sino los activos financieros sobrevalorados y los activos sociales erosionados: expectativas infladas, confianza pública dañada y percepción de desigualdad».
El caso español
En España, el precedente más claro de esta lógica de largo recorrido fue el Mundial de 1982. Desde el punto de vista estrictamente financiero, el torneo no fue rentable: la inversión pública superó ampliamente los ingresos directos y dejó un déficit estimado de varios cientos de millones. Sin embargo, su verdadero impacto económico se produjo fuera del balance contable inmediato.
El Mundial actuó como acelerador de modernización, impulsando la renovación de estadios, la mejora de infraestructuras urbanas y la profesionalización del sector turístico. Además, funcionó como un catalizador reputacional: proyectó al exterior la imagen de una España estable y capaz de organizar grandes eventos internacionales.
El negocio del fútbol
En paralelo, el Mundial de 2026 se inserta en una transformación profunda del propio negocio del fútbol. El aficionado ya no es únicamente espectador, sino consumidor de experiencias premium. Tras los sorteos y la asignación de sedes, los precios de entradas, viajes y paquetes se disparan y determinados partidos se convierten casi en activos de inversión.
Bonal habla sin rodeos de la aparición de una «economía del fan», donde el reto es evitar que el acceso al espectáculo quede capturado por dinámicas especulativas. «Limitar la reventa y reforzar los canales oficiales es clave para que las entradas sigan siendo un bien de consumo y no un instrumento financiero», sostiene el profesor.
Este nuevo ecosistema abre oportunidades evidentes para sectores como las aerolíneas, los turoperadores especializados, las empresas tecnológicas que desarrollan soluciones de ticketing y experiencia de usuario o las marcas que utilizan el Mundial como plataforma de hospitality corporativa.
También genera un campo de juego interesante para países que no son sede, como España. Para Barajas, la verdadera oportunidad no está en vender merchandising, sino en exportar capacidad de gestión: «El Mundial es una vitrina global para que las empresas españolas se posicionen como referentes en la organización de grandes eventos, infraestructuras deportivas y gestión de proyectos complejos».
Bonal coincide y apunta a las compañías de viajes, experiencias VIP y tecnología aplicada al deporte como las mejor situadas para capturar valor indirecto.
Auge de la economía del deporte
Todo ello conduce a una conclusión cada vez más compartida en la economía del deporte: el Mundial ya no puede analizarse solo como un acontecimiento deportivo, sino como una auténtica operación económica estratégica. Para los responsables públicos, supone un examen de capacidad de planificación a largo plazo, de uso inteligente de las infraestructuras y de transparencia en la medición del retorno social. Para las empresas, es una oportunidad de innovar en modelos de negocio que vayan más allá del patrocinio tradicional y apuesten por experiencias, contenidos y plataformas digitales.
«El éxito económico de un Mundial no es automático», insiste Barajas. «Es el resultado de una planificación conjunta público-privada que empiece hoy y piense en el legado productivo de dentro de 20 años», comenta.
En ese sentido, los 104 partidos que se disputarán en 2026 son solo la parte visible de una historia mucho más amplia. El verdadero partido se juega fuera del campo, en la capacidad de transformar un megaevento deportivo en una plataforma de desarrollo económico sostenible.
Cuenta atrás económica
Las cifras son contundentes: decenas de miles de millones en PIB, cientos de miles de empleos, un retorno social medible. Pero también lo es la advertencia implícita de los expertos. Sin estrategia, el Mundial corre el riesgo de quedarse en un gran «fogonazo» mediático. Con ella, puede convertirse en algo mucho más relevante, en un laboratorio global de cómo el deporte se integra en la economía real. La cuenta atrás no es solo deportiva. Es, sobre todo, económica.
Sara MartíCoordinadora editorial. Graduada en Periodismo por la Universidad Jaume I, estoy especializada en contenido web y ediciones digitales por el Máster en Letras Digitales de la Universidad Complutense de Madrid. Mi experiencia en el mundo de la comunicación abarca desde el institucional hasta agencias y medios de comunicación. Al día de la actualidad empresarial y financiera en Economía 3 desde marzo de 2021.



