Europa y la mala mar: la Unión trata de encontrar su sitio en un tablero global convulso
La Unión Europea se enfrenta a uno de los momentos más complejos de su historia reciente. Entre la presión de Estados Unidos, el pulso estratégico de China y la inestabilidad provocada por Rusia, Europa busca una posición propia en un mundo donde el poder duro vuelve a imponerse.
Durante décadas, la Unión Europea (UE) pudo permitirse una posición cómoda en el sistema internacional. No era una superpotencia militar ni aspiraba a serlo, pero su capacidad económica, su peso normativo y su influencia diplomática le garantizaban un lugar central en el orden global. Ese equilibrio descansaba en un supuesto que hoy se revela frágil: que el multilateralismo, con Estados Unidos como garante último, seguiría funcionando como marco estable.
Ese supuesto ha saltado por los aires. El intento de la Administración Trump de reactivar su interés sobre Groenlandia ha operado como un potente símbolo de los nuevos tiempos. La jugada no se ha leído únicamente como un gesto provocador, sino que es la expresión de una política exterior que vuelve a situar el poder duro –militar, económico y geográfico– en el centro del tablero.
Europa, pese a su peso como mercado, ha comprobado que carece todavía de instrumentos eficaces para responder a ese tipo de presiones desde una posición de fuerza.
Groenlandia es un aviso de que el poder duro ha regresado
Como señala Frédéric Mertens, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Europea, «en apenas unas semanas, el arranque de 2026 ha confirmado que la geopolítica vuelve a marcar el pulso de la economía global con una intensidad que no se veía desde hace décadas». A su juicio, el mundo avanza hacia un escenario dominado por bloques, donde las reglas compartidas pierden peso frente a la competencia abierta entre potencias.
Europa pierde influencia en un mundo polarizado, un diagnóstico que conecta de forma directa con la reflexión de Inmaculada Rodríguez Piñero, exdiputada al Parlamento Europeo, quien asegura que, aunque el viejo continente ha perdido influencia en el tablero global, la única solución pasa por más Europa. En un contexto polarizado entre Estados Unidos y China, la UE conserva un poder económico y regulatorio indiscutible, pero carece de una capacidad de defensa equiparable y de una estructura estratégica homogénea.
La Unión sigue siendo el principal mercado del mundo, pero le cuesta mucho traducir automáticamente ese peso en capacidad de influencia política. La fragmentación interna –27 Estados con prioridades, culturas estratégicas y calendarios políticos distintos– ralentiza de manera sistemática la respuesta europea cuando se requieren decisiones rápidas y contundentes.
Rodríguez Piñero lo resume con una idea que atraviesa toda su visión: Europa diseña bien el futuro, pero reacciona mal en el presente. Esa debilidad se vuelve especialmente visible cuando el actor dominante, Estados Unidos, utiliza instrumentos frente a los que la UE es demasiado dependiente.
El regreso de la lógica de bloques
La percepción de que la globalización tal como la conocíamos ha entrado en crisis atraviesa tanto el análisis político como el académico. Para Frédéric Mertens, no se trata de una simple fase transitoria: «De la globalización nos podemos olvidar. Vamos hacia un mundo de bloques, con unas Naciones Unidas debilitadas y un multilateralismo cada vez más erosionado».
Esta situación no se traduce, afirma, en un fin del comercio internacional ni de las interdependencias económicas, sino que supone un cambio profundo en su naturaleza. El comercio deja de ser un espacio neutral para convertirse en un instrumento de poder, y las cadenas de suministro pasan a formar parte de la estrategia geopolítica.
Estados Unidos, bajo la lógica de «America First», ha dejado claro que está dispuesto a utilizar todos los medios a su alcance para frenar el ascenso de China y preservar su liderazgo global, aunque sea a costa de sus «estados amigos». En ese contexto, Europa se encuentra en una posición incómoda: aliada histórica de Washington, pero cada vez más consciente de que sus intereses no coinciden.
Mertens lo formula sin ambages: «Para Donald Trump todos los medios son buenos para obstaculizar la expansión de China. Y si los europeos fueran inteligentes y osados, deberían incluso plantearse alianzas comerciales puntuales con China, desde una lógica puramente estratégica». Una propuesta que choca con la visión más tradicional de la UE, pero que revela hasta qué punto el tablero ha cambiado.
Autonomía estratégica: consenso retórico, dificultad práctica
La noción de autonomía estratégica europea se ha convertido en una de las más repetidas en los documentos comunitarios. Sin embargo, entre la retórica y la realidad existe todavía una brecha considerable.
Rodríguez Piñero identifica dos frentes en los que Europa debe actuar de manera simultánea: por un lado, reforzar su competitividad industrial frente a Estados Unidos y China; por otro, construir una unidad política capaz de sostener una acción exterior coherente.
En el plano económico, la Comisión Europea ha impulsado paquetes de simplificación normativa destinados a reducir cargas administrativas, mejorar la productividad y facilitar la inversión. No se trata de desregular, sino de eliminar fricciones que lastran la capacidad competitiva de las empresas europeas sin aportar valor añadido real.
Pero el principal problema no es técnico, sino político, ya que Europa dispone de instrumentos, pero carece con frecuencia de la unidad necesaria para activarlos. Ese déficit de cohesión afecta tanto al ámbito comercial como al financiero, al tecnológico o al diplomático. Por tanto, el gran problema de Europa no es la falta de instrumentos, sino la dificultad para usarlos de forma conjunta.
Defensa y seguridad: la asignatura pendiente
Si hay un ámbito donde la autonomía estratégica adquiere una dimensión existencial es el de la defensa. Europa sigue dependiendo de forma sustancial del paraguas militar estadounidense, una realidad que la guerra en Ucrania ha vuelto a poner de manifiesto con crudeza.
Aunque se han lanzado iniciativas para reforzar la industria europea de defensa y mejorar la coordinación militar, la construcción de una capacidad propia efectiva sigue siendo un proyecto en desarrollo. Las resistencias políticas, las diferencias presupuestarias y la ausencia de una cultura estratégica común ralentizan ese proceso.
Rodríguez Piñero insiste en que Europa necesita recursos para cubrir los tres grandes déficits que suponen defensa, tecnología y energía. Y eso exige una arquitectura financiera más robusta, con un mercado de capitales verdaderamente integrado y una mayor capacidad fiscal a nivel europeo.
Energía y dependencia: el otro rostro de la soberanía
La autonomía estratégica no se limita a lo militar. La energía se ha convertido en uno de sus pilares fundamentales. La decisión de la UE de prohibir progresivamente las importaciones de gas ruso antes de 2027 ha acelerado una reconfiguración profunda del mapa energético europeo.
En este sentido, la seguridad energética aparece estrechamente vinculada a la seguridad económica y militar. Sin energía segura y asequible, no hay industria competitiva ni capacidad defensiva sostenible.
China, Rusia y el dilema europeo
Mientras Europa redefine su relación con Estados Unidos, tampoco puede ignorar el papel principal de de China –pero también de Rusia o la India– en el nuevo equilibrio global.
China ha reforzado su presencia en sectores críticos como las materias primas, la tecnología o las infraestructuras, obligando a la UE a transitar el delicado equilibrio entre reducir dependencias estratégicas y mantener relaciones económicas significativas.
Rusia, por su parte, continúa siendo un factor de inestabilidad estructural en el flanco oriental europeo, con la guerra en Ucrania como telón de fondo permanente.
¿Hacia dónde camina Europa?
La pregunta final no es si Europa quiere más integración, sino si puede permitirse no avanzar hacia ella. En un mundo de grandes bloques, ningún Estado miembro es suficientemente grande para defender por sí solo sus intereses estratégicos.
Rodríguez Piñero plantea dos escenarios: uno aspiracional, con una Europa capaz de actuar como una auténtica unión política, con gobernanza ágil y recursos propios; y otro pesimista, en el que la fragmentación interna y el auge de fuerzas euroescépticas conviertan a la UE en un mero espacio de mercado sin influencia global.
Mertens, por su parte, advierte de que el tiempo juega en contra: «El mundo no va a esperar a que Europa resuelva sus debates internos». En esa carrera, la Unión se enfrenta a una disyuntiva histórica: transformarse en actor estratégico o aceptar un papel secundario en un sistema internacional cada vez más duro.
Borja RamírezGraduado en Periodismo por la Universidad de Valencia, está especializado en actualidad internacional y análisis geopolítico por la Universidad Complutense de Madrid. Ha desarrollado su carrera profesional en las ediciones web de cabeceras como Eldiario.es o El País. Desde junio de 2022 es redactor en la edición digital de Economía 3, donde compagina el análisis económico e internacional.














