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Depender de un solo cliente puede comprometer ventas, márgenes y financiación

La concentración de la facturación en pocos compradores puede aportar estabilidad y volumen, pero también aumentar el riesgo comercial, financiero y operativo. Las cuentas de compañías españolas muestran situaciones muy diferentes según el sector y el modelo de negocio

Depender de un solo cliente puede comprometer ventas, márgenes y financiación
Publicado a 07/10/2026 18:20 | Actualizado a 07/10/2026 18:29

Una empresa puede aumentar sus ventas y beneficios y, al mismo tiempo, elevar su exposición a un único comprador. La normativa contable obliga a informar cuando un cliente representa al menos el 10% de los ingresos, pero ese porcentaje no constituye por sí mismo una señal de alarma. Contratos, márgenes, duración de la relación, capacidad para sustituir al cliente y concentración de los cobros determinan hasta qué punto existe una dependencia real.

Tener un cliente que compra diez o veinte millones de euros cada año parece, inicialmente, una ventaja. Permite asegurar producción, aprovechar capacidad instalada y reducir parte del esfuerzo comercial necesario para alcanzar determinadas cifras de facturación.

El problema aparece cuando ese comprador adquiere un peso difícil de reemplazar.

Las normas internacionales de información financiera ofrecen un primer indicador para detectar estas situaciones. La NIIF 8 establece que una compañía debe informar cuando los ingresos procedentes de un solo cliente externo alcanzan o superan el 10% de los ingresos totales. La empresa debe comunicar el importe correspondiente y los segmentos afectados, aunque no tiene obligación de identificar al comprador.

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Ese 10% es un umbral de información contable, no una frontera que determine automáticamente que exista un problema.

Las propias cuentas de las empresas españolas muestran situaciones muy diferentes.

Del 10,8% de Tubos Reunidos a más del 30% entre dos clientes de Atrys

Tubos Reunidos comunicó en sus estados financieros del primer semestre de 2026 que un cliente representó el 10,8% de su cifra de negocios. Un año antes, el peso de su principal comprador alcanzaba el 16,8%.

La compañía señala, no obstante, que sus ventas están distribuidas entre un número suficiente de clientes. Es decir, superar el 10% obliga a informar sobre la concentración, pero no implica necesariamente que la compañía considere que existe una dependencia comercial excesiva.

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Atrys Health ofrece un ejemplo de mayor concentración.

Durante el primer semestre de 2026, Asisa representó el 18,31% de la cifra de negocios consolidada del grupo, frente al 17,75% del mismo periodo de 2025. SegurCaixa Adeslas aportó otro 13,22%, frente al 11,61% del año anterior.

Entre ambos clientes concentraban, por tanto, el 31,53% de los ingresos consolidados de Atrys durante el periodo.

Si se observa únicamente el segmento español, la concentración era todavía mayor. Asisa representaba el 33,7% de sus ventas en España y SegurCaixa Adeslas el 24,32%. Sanitas suponía, además, otro 10,21% de los ingresos de este segmento.

El caso muestra por qué resulta importante distinguir entre la facturación total de un grupo y la situación concreta de cada línea de negocio o mercado.

En el extremo contrario aparece Puig. El grupo señala en sus estados financieros intermedios de 2026 que su base de compradores está «razonablemente fragmentada» y que ningún cliente representa más del 10% de los ingresos totales.

La compañía explica además que cuenta con políticas para evaluar el riesgo de crédito de sus clientes y mantiene seguros de crédito sobre buena parte de sus cuentas pendientes de cobrar.

Tres compañías y tres situaciones distintas.

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Lo relevante, por tanto, no es únicamente cuánto factura una empresa, sino de cuántos compradores depende para conseguir esa facturación.

Un gran cliente también tiene mayor poder para negociar

La concentración comercial puede tener consecuencias que no aparecen directamente en la cifra de ventas.

Cuanto mayor sea el peso de un comprador, mayor puede ser su capacidad para negociar condiciones.

Una gran cuenta puede exigir descuentos por volumen, plazos de pago más largos, niveles específicos de stock, inversiones para adaptar procesos o productos y determinados estándares logísticos y de calidad.

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Por eso, el cliente que más factura no tiene necesariamente que ser el cliente que más rentabilidad aporta.

Una compañía puede conseguir 15 millones de euros de ventas con un gran comprador, pero soportar menores márgenes debido a las condiciones comerciales negociadas.

También puede ocurrir que haya tenido que realizar inversiones expresamente para atender ese contrato: nueva maquinaria, equipos especializados, certificaciones, almacenes o incluso instalaciones próximas al cliente.

Es entonces cuando la concentración comercial comienza a convertirse también en dependencia operativa.

Si el comprador desaparece, la empresa no pierde únicamente ventas. Puede quedarse con una estructura productiva diseñada parcialmente para un negocio que ya no existe.

La situación se complica todavía más si el gran cliente concentra también una parte significativa de las facturas pendientes de cobro.

Una empresa que vende el 30% a un mismo comprador puede tener simultáneamente un porcentaje similar —o incluso mayor— de su saldo de clientes pendiente de una sola compañía.

En ese caso se suman riesgo comercial y riesgo de crédito.

Un retraso en los pagos de un pequeño cliente puede gestionarse como una incidencia. Un retraso de treinta o sesenta días del comprador que representa una tercera parte de la facturación puede afectar directamente a la tesorería.

Facturar 50 millones no siempre implica el mismo riesgo

La concentración también ayuda a entender por qué dos empresas con una cifra de negocio similar pueden presentar perfiles de riesgo muy distintos.

Imaginemos dos compañías que facturan 50 millones de euros. Una distribuye esas ventas entre centenares o miles de compradores y ninguno supera el 2%. Mientras que la otra obtiene 20 millones de un único cliente. Ambas presentan exactamente la misma cifra de ventas, pero la segunda perdería el 40% de sus ingresos si desapareciera aquella relación comercial. Eso no significa necesariamente que la primera empresa sea mejor.

Gestionar miles de clientes también tiene costes: más comerciales, administración, facturación, logística, atención y riesgo de impago distribuido entre numerosos compradores. Un cliente grande puede ofrecer volúmenes elevados, recurrencia, previsibilidad y menores costes comerciales. La cuestión es determinar cuánto depende la estructura de la empresa de que esa relación continúe.

Entre los factores que ayudan a valorar el riesgo se encuentran la duración del contrato, el margen generado, las inversiones específicas realizadas, la existencia de alternativas comerciales, la concentración de las cuentas a cobrar y el tiempo que necesitaría la empresa para sustituir las ventas perdidas.

El sector también importa

Una compañía que trabaja en grandes proyectos de ingeniería, construcción, aeronáutica o defensa puede tener inevitablemente una cartera más concentrada que un fabricante de productos de consumo. Con lo cual, un mismo porcentaje puede tener interpretaciones muy diferentes.

De todas formas, el riesgo no está en tener un gran cliente, sino en no poder sustituirlo.

Diversificar tampoco significa necesariamente reducir las ventas del principal comprador. Una empresa que factura 50 millones y obtiene 20 millones de un cliente tiene una concentración del 40%.

Si consigue aumentar su negocio hasta 80 millones mientras mantiene esos mismos 20 millones con su principal comprador, el peso de este habrá bajado al 25% sin necesidad de deteriorar una relación comercial rentable.

Esa es una de las vías más habituales para reducir la concentración: crecer alrededor del gran cliente en lugar de crecer únicamente gracias a él.

Otra estrategia consiste en aprovechar las capacidades desarrolladas para ese comprador —tecnología, maquinaria, certificaciones o conocimiento— para captar empresas similares.

De este modo, una inversión inicialmente vinculada a un gran contrato puede terminar convirtiéndose en una ventaja para diversificar el negocio. Por eso, el porcentaje de facturación explica solo una parte de la historia.

El 10% establecido por la normativa internacional permite identificar a los clientes especialmente relevantes, pero no existe un límite universal a partir del cual una empresa pueda considerarse excesivamente dependiente.

La pregunta decisiva es más sencilla. Si mañana desapareciera el principal cliente, ¿cuánto tardaría la empresa en sustituir esas ventas y qué parte de sus costes podría reducir mientras lo consigue? La respuesta permite saber mucho más sobre el riesgo del negocio que la facturación por sí sola.

Firma
Fotografía de Gemma JimenoGemma JimenoLicenciada en CC de la Información por la Universidad del País Vasco, Gemma Jimeno se incorporó a ECO3 Multimedia, S.A., en 1998 como Redactora y ha participado activamente en el desarrollo de diferentes líneas de negocio. Desde hace años desempeña las funciones de Editora de los contenidos informativos, de los diferentes productos editoriales de E3 Media.
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