Opinión

Pero ¿qué narices es eso de la economía de impacto social y/o medioambiental?

Raúl Mir
CEO Angela Impact Economy
Socio SpeedOut Advisory
Actualizado a 01/12/2020

Esa es la pregunta que más veces me han hecho en los últimos dos años, bueno esa y la de por qué me fui del banco, con lo calentito que se está allí. Ambas comparten en cierta manera respuesta.

La economía de impacto social y/o medioambiental trata de conseguir que gran parte de la actividad económica genere un impacto positivo o, cuanto menos, el menor impacto negativo en el ámbito medioambiental y se ocupe de reducir las diferencias sociales o mejorar determinadas circunstancias que afectan al bienestar de las personas. Y esto generalmente se enmarca en los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Dicho así, suena a teoría, a definición de libro, de esas que te dejan indiferente. La intención de este artículo es explicar que esto no es un sector más, que no se trata de una moda y que no tiene nada que ver con el color político con el que cada cual se sienta identificado. Mi intención es hacer reflexionar a empresarios y directivos. Y generar conciencia al respecto de la oportunidad que tenemos delante, cada uno en su realidad.


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El empresario o directivo, vale la misma reflexión para ambos, ya está ayudando a avanzar hacia una economía de impacto. Bien por conciencia y propósito, obligación regulatoria o responsabilidad financiera. Si es por conciencia y propósito, vamos por el buen camino para crear un futuro mejor para todos.

Una empresa se convierte en una mejor organización y, sobre todo, tiene un futuro más atractivo, cambiando aquello que genera un impacto medioambiental negativo, como por ejemplo combinando el uso de energía tradicional con energías limpias, sustituyendo el plástico en un determinado embalaje de producto, o teniendo una política de recursos humanos que asegure el bienestar de sus empleados.

Algo tan sencillo como tener bien definida y estructurada la manera de gestionar a los empleados de la empresa tiene un impacto positivo en el ámbito social y está recogido en varias de las metas establecidas dentro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.


Hay muchas empresas que están obligadas a presentar por ley el Estado de Información No Financiera, que precisamente recoge la información del impacto de la actividad en la sociedad y el medioambiente.

Pero, como todo proceso evolutivo, es importante saber hacia dónde hay que dirigirse y qué debemos ir cambiando para conseguir aquello que nos hemos propuesto conseguir. Es imprescindible el equilibrio entre el deseo y la realidad. Hay que saber qué hacer, pero sobre todo cuándo hacerlo. Por mucho que pretenda cambiar el tipo de embalaje de mi producto o renovar la flota de vehículos por unos eléctricos, tengo que calibrar en qué momento puedo hacerlo, a no ser que lo exija la normativa…y aquí pasamos a ese segundo grupo de empresarios y directivos, aquellos que no tienen más remedio que avanzar hacia la economía de impacto, por obligación regulatoria.

Hay muchas empresas que están obligadas a presentar por ley el Estado de Información No Financiera, que precisamente recoge la información del impacto de la actividad en la sociedad y el medioambiente. Aunque actualmente sólo empresas con ciertas características y tamaño están obligadas a ello, se intuye que en poco tiempo será obligatorio para prácticamente cualquier actividad empresarial que tenga un impacto en la sociedad y/o el medioambiente, es decir, todas. Y pese a que por el momento se pide la información para generar confianza y demostrar transparencia, es fácil creer la posibilidad de intervención, regulación y, sobre todo, presión impositiva en base a criterios no financieros. De hecho, ya se hace con los impuestos medioambientales que buscan la descarbonización de la economía para combatir el cambio climático.

Pero es importante hablar también de otros tipos de obligación, por ejemplo, la selección de proveedores que realizan algunas empresas teniendo en cuenta criterios no financieros y de sostenibilidad. Si no eres capaz de cumplir un determinado estándar de sostenibilidad, no juegas. O las limitaciones en la utilización de un determinado material, que se lo pregunten sino a todos aquellos a los que les afecta la normativa europea que prohíbe los productos de plástico de un solo uso a partir del 2021.

Si no es por conciencia ni por obligación, lo será por responsabilidad. Estemos de acuerdo o no con la afirmación de Friedman, la responsabilidad social del empresario es maximizar sus beneficios, en lo que encontramos consenso es que un empresario y/o directivo tiene la responsabilidad (social o no) de generar beneficio, de ser competitivo, de velar por un futuro para la compañía. Las empresas no tendrán ese futuro si no se establecen políticas y estrategias que aseguren que está evolucionando y adaptándose para reducir su impacto medioambiental y/o social negativo.

El acceso al capital es más caro si no eres sostenible y socialmente responsable. El crédito bancario comienza a incluir en su scoring de riesgos parámetros de impacto y el precio de la financiación queda condicionado por ello, y los fondos de capital riesgo invierten ya incluyendo criterios sociales, ambientales y de buen gobierno (ESG). La presión impositiva es mayor, el acceso a determinados clientes y consumidores queda vetado y la empresa es menos competitiva siendo expulsada del mercado si no evoluciona.

Esa responsabilidad es la que tiene que llevar a los empresarios y directivos a querer saber cómo afrontar esta revolución del impacto y aprender a navegar este nuevo reto. La revolución tecnológica y digital nos ha ensañado, y lo sigue haciendo a aquellos que no se prepararon bien, que no se trata de sector, tamaño o actividad, sino que afecta a todos y de maneras muy diferentes. El impacto social y medioambiental es igual de transversal y será igual de imprescindible para la supervivencia de las empresas.