Entrevista al vicerrector de Cultura y Deporte de la Universitat de València (I)

A. Ariño (UV): “Hemos vivido muchas épocas de incertidumbre, pero esta es radical”

El Catedrático de Sociología analiza el momento histórico que vivimos marcado por la pandemia al inicio del curso académico, político y laboral

Antonio Ariño, en el claustro de La Nau. | Foto: Vicente A. Jiménez

El vicerrector de Cultura y Deporte de la Universitat de València Antonio Ariño (Teruel, 1953) regresó a su despacho del Centre Cultural La Nau acompañado del equipo de Economía 3 el pasado día 1 de septiembre. Este redactor acudía con la intención de hacerle una entrevista pero tuvo la suerte de recibir una clase magistral sobre sociología, cultura y política en torno al momento histórico que vivimos al inicio de la primera pandemia global del Siglo XXI. Ariño es Catedrático en Sociología por la Facultat de Ciències Socials. Sus investigaciones se centran en el ámbito de la Sociología de la Cultura, las Políticas de Bienestar y la Teoría Sociológica. Entre otras muchas distinciones recibió en 1992 el Premio Nacional de Investigación por La ciudad ritual y es autor de ¿Universidad sin clases? (2012) o la más reciente Culturas abiertas. Culturas Críticas  (2018), por citar sólo algunas de sus influyentes obras.

Debo advertir que Antonio Ariño no habla desde el punto de vista interesado de un político, ni mucho menos emplea las frases sencillas de un coach para tranquilizarnos acariciándonos el lomo. Ariño habla desde la perspectiva analítica, crítica y lo más objetiva posible propia de las grandes universidades. En esta primera parte de la entrevista, abordamos los efectos sociales a pie de calle de que ha traído la era covid.

-Muchos pensamos que el 1 de septiembre es el verdadero día de Año Nuevo. No sé si en toda su trayectoria ha vivido la llegada de esta fecha envuelta en tantas incertidumbres, miedos… ¿Qué le dice el termómetro social en este minuto 1?

-La palabra incertidumbre es pertinente. Yo añado incertidumbre radical. Es decir, una incertidumbre es algo que vivimos con muchísima frecuencia. En la vida se tiene un trabajo que puede no ser estable, y si te ofrecen otras oportunidades, ¿qué hacer? Ahí ya se está en una situación de incertidumbre.

Hay muchos momentos así, pero una incertidumbre radical es aquella en la que sabemos que lo que no sabemos es más grande que lo que sabemos y nos afectará sin que de momento tengamos una decisión clara para planificarnos. Eso es lo que caracteriza este momento. Tenemos muchísimas expectativas por delante sobre las vacunas, medicamentos antivirales, sobre toda una serie de estrategias que se pueden desarrollar pero, en realidad, todo lo que desconocemos sobre el virus es tan grande que genera una situación muy particular. Y esto creo que se produce pocas veces en la Historia: en el contexto de una guerra, de un gran crack económico y en una pandemia. También produce comportamientos muy diferentes, como estamos viendo.

A veces se piensa que todos compartimos un problema común y por eso todos tendríamos que sentir de manera común. No es cierto. Nunca, en ninguna sociedad, ni en los momentos más pacíficos, ha habido unanimidad, por tanto, en los momentos de mayor desconcierto, tampoco la va a haber. Ahí está la cuestión de los antivacunas. Es una situación que, al ser tan desconcertante, nos obliga a reinventar todo, y eso es bastante complicado, hasta reinventar cómo nos saludamos. Lo de hacerlo con el codo es un poco absurdo, porque es la zona que utilizamos para tapar estornudos o toses. Llego a La Nau hoy con la sensación de que todo lo hemos de observar de una manera nueva.

– En esta crisis, a diferencia de la de 2008, entran todos los elementos de la vida en juego.

-Todos. Porque, ¿yo puedo tener confianza en mi hija? Claro que debo tenerla, pero ella trabaja en un hospital, se ha podido ir con los amigos, y no sé con quiénes ha podido estar, y como resulta que el virus es asintomático, la confianza, que es un valor fundamental de las relaciones humanas, está ahora mismo entre interrogantes. Sucede que mucha gente, a pesar de esta situación, se lanza al vacío y se transmiten rápidamente los contagios. Esto ha puesto patas arriba todo. No sólo la economía, sino nuestras rutinas. Hay personas que han tenido que aplazar su boda, se ha modificado cómo celebrar un entierro. ¿Invito a amigos a casa o no? Todo lo que se piense se ve afectado. La confianza es básica para la vida cotidiana entre personas que son distantes y no se conocen, nos hace confiar en el hornero, en el policía, en el personal de un restaurante… En cualquier ámbito, esta confianza está entre interrogantes.

Ariño

| Foto: Vicente A. Jiménez

-En el desconfinamiento salimos a la calle, nos volvimos a juntar, y a día de hoy estamos inmersos en lo que ya parece una segunda ola que situábamos alrededor de octubre. ¿Percibe un ambiente de desmoralización?

-La desmoralización surge ante un proceso que dura más de lo que se tenía previsto. No de lo que desearíamos, porque quisiéramos que durase poco, sino mucho más de lo previsto. Creo que desde el principio se decidió enfocar las cosas de una manera en la que parecía que inmediatamente entraríamos en una nueva normalidad; siempre dije que cualquiera que conociera la gripe de 1918 sabría que duró tres años, que tuvo muchas oleadas. Todas las pandemias de la Historia han sido largas. Por tanto, ésta también requería pensar en el largo plazo, pero como parece que la tecnología va a resolverlo todo inmediatamente se ha agudizado la desmoralización. Y más me preocupa la irritación. Creo que la gente está muy irritada contra todo. Se puede ver en los centros de atención primaria o incluso en la cola de la ITV… Debemos tener paciencia.

En el ámbito de la sanidad te citarán por teléfono. Pero es que, posiblemente, necesitarán verte; puede ser que llame y seguramente no me lo cojan, y todo eso genera irritación. Llevar la mascarilla, con este calor, también. Tengo la sensación de que se va a ir agudizando, se van a acabar las reservas para decirnos “paciencia, control”. Prueba de ello es la aparición de manifestaciones, incluso las festivas, como las de Vilafranca del Penedés celebrando sus fiestas aunque estuvieran prohibidas, con calles llenas de gente sin mascarillas y apretujados. Es una insensatez, porque sólo con que ahí haya un gran contagiador, mañana será explosivo.

Y hay un tercer elemento. Nuestra sociedad está muy acostumbrada a pensar en el tiempo corto. Todo lo queremos ya. Y la solución a este problema no es para hoy. Requiere planificar, consensuar con personas discrepantes, como vemos en la política, porque tenemos intereses comunes. Es curioso, porque ahora muchos parece que sabían que venía el virus, pero realmente sólo hay un autor que yo conozca, que tiene una frase en la que no anuncia que vaya a haber una epidemia, ni mucho menos, sino dice que sólo hay dos contextos en los cuales es posible que haya solidaridad: la inseguridad sanitaria, como la que estamos viviendo, o una crisis ecológica. Pero ni incluso ahora ha funcionado.

Primero, por el “a mí no me afecta”. Segundo, “ya veremos si me pilla o no”. Al salir a la calle y quitarnos la mascarilla estamos viendo el placer que tenemos ahora y no los peligros potenciales. Si se es más o menos joven, se pude pensar que conmigo no va. Esto ha sido una de las grandes diferencias entre la gripe del 18 y la actual. La primera afectó, fundamentalmente, a jóvenes y mujeres; ahora a personas mayores y, un poco más, a hombres. Eso hace que el peligro no sea tan patente y creamos que podemos relajarnos.

-Respecto a la solidaridad, quería preguntarle sobre algo que se vive a pie de calle. En cualquier conversación, normalmente acaba saliendo una frase que parece un mantra ahora mismo: “La gente es imbécil” o similares. Lo dice alguien que está contigo, al rato lo escuchas en otra conversación y lo ves en las redes a diario. Si esto se alarga mucho, ¿corremos el riesgo de acabar culpabilizando a las personas que se infectan? Hay que tener en cuenta que si se ha infectado alguien cercano ya te obliga a pasar un confinamiento de 14 días se tenga el virus o no. La broma no es pequeña. ¿Y si a los infectados los acabamos tratando como apestados, lo contrario de la solidaridad?

-La palabra apestado viene de los miedos, ansiedades y angustias que generaban los enfermos en un contexto en el que ni siquiera se sabía lo que era un virus o una bacteria. Se fueron teniendo ciertos conocimientos, pero muy precarios. En esos contextos, surgió un sentimiento de prevención, y a esas personas se les ponía una ropa diferente, se las encerraba en lazaretos… Es algo que ha ocurrido siempre en la Historia.  Creo que ahora, ese residuo que queda en nosotros ha provocado que mucha gente encubriera que estaba infectada, incluso ha habido casos que no se han retirado de la vida social. Esto es grave. El problema no lo veo en el hecho de que nos culpabilicemos, sino en que no hay instrumentos legales para atajar estos comportamientos. El personal sanitario ha llamado a gente diciéndoles que se tenían que quedar 4-5 días en casa y han contestado que “eso lo dirás tú, ahora bajamos al parque”.

Ariño

| Foto: Vicente A. Jiménez

-Es muy complicado. Si uno da positivo, lo primero que tiene que hacer es pensar con quién ha estado últimamente y decírselo a los rastreadores. Esas personas pueden estar viviendo un momento muy importante en su trabajo o en lo que sea…

-…Y no se lo pueden dejar. Ahí hay un problema, que creo que se va a agudizar más todavía en el momento que venga una vacuna y haya quien no se quiera vacunar. Esto se va a convertir en un problema político serio porque una sociedad como la nuestra, basada en las libertades individuales, tiene pocas defensas para este tipo de situación. De hecho, hemos visto a la justicia intentando impedir determinadas medidas de seguridad.

A una persona que decida salir a la calle aunque el ayuntamiento de su pueblo sepa que tiene covid, ¿qué se le puede hacer? ¿Le pueden encerrar en algún sitio? Yo creo que no. ¿Puede la policía llevársela para encerrarla? Estos casos se han dado y los gestores públicos no han tenido herramientas legales para poder hacerles frente. Incluso puedo decir que a principios de marzo supe de una persona que lo tenía y no quería comunicarlo; consulté a personal jurídico y me confirmaron que no tenía ninguna obligación.

Los sentimientos históricos de culpabilidad están muy arraigados. Somos seres vivos, y los seres vivos reaccionan defensivamente y quieren aislar a quien les pone en peligro. Igual que nuestras propias células, ponemos barreras. Por lo tanto, tenemos que generar recursos culturales para evitar que reaccionemos tan automáticamente, tan gregariamente, debemos tener una perspectiva reflexiva, sanitaria, no echarle la culpa a nadie, porque es un proceso donde sencillamente hay gente más o menos responsable. Esa reacción de culpabilizar es cultural, porque la actitud biológica con la que nos comportamos es muy instintiva, pero las culturas evolucionadas nos avisan de que esto no debe ser así.

Por tanto, se necesita mucha cultura. Pero al mismo tiempo, nos encontramos con que han surgido en la sociedad contraculturas que cuentan con el respaldo de las leyes que protegen las libertades individuales. En EE.UU., el porcentaje de los antivacunas ronda el 25%, según una encuesta que leí recientemente. Con un 25% no se consigue inmunidad de rebaño.

-Pero si yo estoy vacunado, aunque se me acerque alguien que no, puedo estar tranquilo.

-No lo sabemos. Ya se sabe que hay reinfecciones. No sabemos ni cuánto tiempo dura la inmunidad. Los estados autoritarios estos problemas los tienen muy claros. Los estados democráticos, basados en la libertad, tienen una serie de dilemas y tendremos que ver cómo los abordamos, garantizando libertades y protegiendo salud y vida.

Además, es impresionante cómo personas que, en principio, merecían cierto respeto y credibilidad, de pronto dicen que todo es una conspiración, que nos van a meter un microchip. Y hay una parte del público predispuesto a creerlo. Esto es difícil, ¿sabes? y sociológicamente me preocupa y me interesa porque no tenemos nada claro sobre cómo abordarlo. Inmediatamente decimos que hay que mejorar la educación, pero hay personas que con más de 50 años ya no van a pasar por la escuela. Cuando alguien tiene una convicción política, ideológica o religiosa, es difícil convencerle con argumentos.

-Entra en juego el dogmatismo.

– ¿Y ahí opera la coacción de la ley? Es muy difícil…

 

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