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Las empresas abordan el binomio alimentación-salud a través de la innovación aplicada

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Vamos al supermercado, a la frutería de barrio, a la farmacia, a los grandes distribuidores, llevamos a cabo nuestra compra, pagamos y nos vamos a casa. Pero, ¿qué hace que nos decantemos, ante una u otra variedad de la misma fruta o de un mismo producto alimenticio? El color, el aspecto, el sabor, el color, el tamaño, la textura, sus propiedades para combatir determinadas enfermedades… Una serie de cualidades que llevan intrínsecos años de estudio e investigación. Empresas de la talla de Biopolis, Idai Nature, Sakata o Tecnidex contribuyen, con su labor investigadora, a que los alimentos que consumimos habitualmente mejoren nuestra calidad de vida.

Pero, ¿cómo transforman estas empresas los conocimientos que han desarrollado sus propios departamentos de I+D+i o en colaboración con universidades, institutos tecnológicos, etc.? y ¿cómo llega esa labor de investigación al consumidor final? ¿Cuáles serían los pasos y los plazos? ¿Y la metodología empleada?

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2016-oct-agroalimentario-Biopolis-plantaDesde Biopolis, su director de Comunicación y Marketing, Daniel R. Calvo, afirma que son capaces de cubrir toda la cadena de valor de todos sus desarrollos: desde su estadio inicial hasta que llega al mercado. “Realizamos el recorrido completo desde la ciencia básica a la producción a gran escala ya que tan importante es una buena investigación como que se ponga el producto en el mercado. Y nosotros somos como una correa de transmisión: facilitamos la transferencia de conocimiento a la sociedad”.

En cuanto a la metodología que implementan en Biopolis así como los plazos medios de sus desarrollos, R. Calvo avanza que son heterogéneos: “varían en función de la unidad de negocio, la industria o segmento de mercado (alimentación, farmacéutico o químico) y el propio proyecto o desarrollo per se”.

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Por su parte, el director general de , Carlos Ledó afirma que todos sus productos son de “fabricación propia y son fruto de las líneas de investigación que se llevan a cabo en el laboratorio”.

En concreto, esclarece, “una vez el personal del laboratorio crea el formulado, desarrollamos la tecnología necesaria para su fabricación. Por ello, nuestra zona de producción posee todo el equipamiento necesario para la formulación a gran escala. Contamos con reactores formuladores, embotelladoras y etiquetadora propia, esto permite tener controlado el producto durante todo el proceso productivo, desde la formulación hasta que le llega al cliente”, incide.

Igualmente, Agatha Agudelo, R&D Special Projects de Sakata subraya que “el coste medio para poner una nueva variedad vegetal en el mercado está entre 1,5 y 2 millones de euros y se tarda de diez a doce años en conseguirlo”. El proceso, desgrana Agudelo, pasa por una serie de pasos. En el primero de ellos se identifica una necesidad en el mercado como puede ser una resistencia a un determinado patógeno o cualidad del producto deseada (más sabor, coloración…); en segundo lugar, se recopila información bibliográfica para comprender la biología reproductiva de la especie; en tercer término, se definen los recursos genéticos de los que se dispone con el fin de diseñar un plan estratégico para comenzar los cruzamientos; en cuarto lugar, ha llegado el momento de aplicar alguno de los métodos de mejora conocidos como el tradicional (mediante cruzamiento, selección retrocruzamientos sucesivos), u otros más modernos como d di-haploides, marcadores moleculares, etc.

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En quinta posición está la etapa de desarrollo, donde el material obtenido se ensaya durante varias campañas en diferentes zonas donde el producto pueda tener un mercado; y por último, llegamos a la comercialización, un proceso que se da de manera simultánea con el desarrollo de la producción de la variedad.

No obstante, –puntualiza Agudelo– la cadena no acaba ahí. “Somos conscientes de la importancia del resto de actores que participan en ella como el productor, el distribuidor y el consumidor final”.

A pesar de todo, Agudelo especifica que en el caso particular de proyectos innovadores, “nos enfrentamos a una gran incertidumbre ya que de cada diez proyectos innovadores seis fracasan, tres suponen una pequeña ventaja competitiva para la empresa y solo uno supone un claro caso de éxito. Esto es uno de los motivos por los que las empresas se acogen a programas de ayudas a la investigación para esta clase de proyectos que, a pesar de tener una clara orientación comercial, puedan no llevarse a cabo por priorizarse aquellos proyectos de menor incertidumbre”.

SONY DSCDesde Tecnidex, su presidente, Manuel García-Portillo explica al respecto que “la demanda constante de productos es nuestro punto de partida para transformar nuevas ideas o conocimientos” y más si tenemos en cuenta que el mercado exige productos de mayor calidad y más seguros generando que el sector hortofrutícola necesite productos más eficientes en la poscosecha.

Por ello, cuando se eligen a los profesionales de Tecnidex, “la creatividad es una cualidad que buscamos porque de ahí es de donde surge la innovación y si no encuentras las soluciones necesarias que requiere el mercado, desarrollamos proyectos de investigación para aportar valor a través de nuestro conocimiento”, incide su presidente.

García-Portillo clarifica también que “los productos, antes de llegar al cliente final, pasan por rigurosos estudios y ensayos. De hecho, lo más importante que hay en nuestro negocio es la fase regulatoria”. El producto fitosanitario es necesario registrarlo, un proceso que tiene una duración mínima de entre dos y ocho años. Durante este proceso, “nos tenemos que adaptar a las necesidades y procedimientos regulatorios de cada país en los que estamos implantados”, adelanta el responsable de Tecnidex.

 

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