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El rescate de la Verdil, la variedad autóctona perdida y “hallada” por Daniel Belda

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Eligió vivir en la viña en vez de en la bodega. Injertó su vida en las propias vides para dar rienda suelta al alma de artista y se puso a crear vinos diferentes pero pegados a la tierra. Sacó del baúl del olvido una variedad muy local, el Verdil, y hoy le da fama a uno de sus vinos de referencia, y pronto a un espumoso. Dignificó la Monastrell pero también probó con el Pinot Noir siendo uno de los pioneros en nuestro país. Desde Fontanars dels Alforins reinventa los vinos de la zona a capricho.

Un escritor del Poniente estuvo durante muchos años durmiendo dulces siestas de pijama y orinal tras las que se volvía a afeitar. Decía sentir como que duplicaba los días vividos…

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A Daniel Belda le pasa algo parecido con sus vinos, que combina los monovarietales elaborados con uvas que se vendimian tan separadas en el tiempo que hace que estrene el vino nuevo en los primeros días de septiembre, en el caso del blanco, y que dos meses después vuelva a estrenar vinos, ahora los monastreles, más los crianzas entrado el año nuevo… Como si las cosechas se duplicaran.

Nacido y criado en Fontanars dels Alforins, de su padre heredó la pasión por la enología pero también un apego a las raíces que le han hecho apostar siempre por su propio territorio. Desde los años treinta la bodega había ido creciendo y es desde 1990 cuando él empieza a tomar las riendas y, sin dejar de mantener la línea tradicional, comienza a experimentar.

Belda es de la nueva generación de enólogos que ha cambiado las elaboraciones en nuestro país. Fruto de la ubérrima escuela de Requena, continuó su formación en Burdeos, en Estados Unidos, pero estuvo por Australia, Sudáfrica y Chile.

Los ojos bien abiertos y las ganas de explorar nuevos caminos en la mochila, de modo que empezó a ver claro lo que quería para su proyecto: una combinación de tradición y modernidad, donde se pudiera combinar una bodega puntera y de diseño rompedor (hormigón armado sobre un paisaje de viñedo de cuento) con un cariño por las variedades autóctonas que dejara hueco para invitadas foráneas.

Vinos en los que pusiera toda la pasión y personalidad, que por eso llevan su firma, que el comprador entendiera que si la uva que maduró en el valle llegó a cortarse, a seleccionarse, a hacerse vino y a embotellarse es porque a él le enamoró. Si no, habría terminado en otra línea de venta, pero no sería un Daniel Belda.

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En el principio fue el Verdil

El Verdil es una variedad blanca exclusiva del entorno de Fontanars, tan única que el Consejo de DO Valencia iba a eliminarla de su listado. En todo el mundo hay apenas 46 hectáreas y la mayoría son de él…

Hace veinte años ni una sola bodega hacía mención a esta uva en las etiquetas de los blancos, ni siquiera como acompañante minoritaria, así que la idea de Daniel de hacer un monovarietal con ella era toda una temeridad.

El Verdil parecía condenado a morir como tantas variedades mínimas que la enorme diversidad climática y de suelos de nuestro país ha generado.

Ese vino triunfó por el empeño del creador y el Daniel Belda Verdil es hoy uno de los más populares de Valencia porque es el primero que se vendimia, en la segunda semana de agosto, de modo que también es el primer vino que sale al mercado en todo el hemisferio norte, alrededor de la segunda semana de septiembre.

Esta singularidad la permite una uva de ciclo corto que conseguía una alta graduación pronto a pesar de su poca producción. Los viejos agricultores la defendieron durante todo el siglo XIX y XX porque permitía asegurar las cosechas cuando el grado era el mejor conservante. Combinada con Merseguera y Malvasía, ambas autóctonas pero de menor graduación, aseguraban los vinos y el pan de las familias.

La competencia con variedades más productivas, el cambio de los gustos del mercado y la rareza que suponía la variedad, la fue relegando hasta que Daniel la puso en órbita y hoy, afortunadamente, es fruto de varios monovarietales y luce airosa y presumida en las etiquetas de otros blancos como una distinción en el coupage.

Como si del Beaujolais nouveau francés se tratara, Belda logra vender cada año unas 40.000 botellas de uno vino diferente, autóctono, ligado a un trocito de la provincia de Valencia en su límite con Alicante y Albacete que goza de un clima extremo de veranos con días calurosos y noches frías que es lo que produce ese carácter tan especial a estos vinos.

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Monastrell

La otra variedad reina del territorio es la Monastrell en las tintas, que Belda tiene en buena cantidad en viñedo viejo de más de ochenta años, siempre en vaso y ocupando las partes bajas de sus fincas. De ahí saca sus vinos jóvenes y con ligeros pasos por barrica, porque pare envejecer prefiere variedades como la Garnacha tintorera, de la que también tiene viñedo viejo que está ahora potenciando, y el Pinot Noir, especialmente el barrica que pasa cuatro meses encerrado entre el roble antes de madurar en botella. Está a punto de salir el 2015.

Heretat de Belda es uno de sus vinos preferidos, un coupage de garnacha autóctona con el Pinot francés que pasa doce meses en barricas, aunque el más vendido sin duda es el monovarietal de Cabernet que ronda las 90.000 botellas.

Espumoso de Verdil

La última aventura de Belda ha sido sacar al mercado un vino espumoso elaborado con el método champenoise de fermentación en botella pero a base exclusivamente de Verdil. Es único, nuevamente, un brut nature de al menos 18 meses de rima previo al degollado, de ahí que lleve el nombre de Rimat, y que está causando sensación por la viveza y calidad que tiene.

No será la última sorpresa que depare este enólogo y viticultor que desde la cristalera de su casa, rodeado de los viñedos, los escritores de viajes han empezado a denominar la Toscana valenciana, en este momento estará dándole vueltas a una copa, con la mirada perdida y con la mente en ebullición para iniciar una nueva singladura. Al fin y al cabo, el mundo del vino es como navegar, no hay caminos sino estelas en el mar. 

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